Desde que en la ciudad de Zacatecas, Zac., siendo aún, estudiante del tercer año de la licenciatura en derecho, empecé a trabajar como secretaria en un Juzgado Civil de Primera Instancia, esto, que me permitió conocer en la práctica la carrera que había elegido, dándome cuenta de que pese a que había cursado para entonces más de la mitad de la misma, a lo que había aprendido (memorizado), nunca le di un significado real, sino que era mas bien abstracto. Por ello, al aprender en el Juzgado, como realmente se lleva un procedimiento judicial, me percaté del hecho de que, de no haber trabajado ahí, muy difícilmente hubiera podido litigar (contender en juicio, pleitear) pues realmente no hubiera sabido como hacerlo, pese a que para entonces ya había cursado las materias que supuestamente me permitirían hacerlo.
Terminé la carrera, me casé y debí trasladar mi domicilio a la ciudad de Fresnillo, Zac., en donde mi esposo Luis Enrique también abogado, pretendía que ejerciéramos la carrera por ser ésta, su ciudad natal. Empezamos a litigar, pero al nacer mi primer hijo dejé el despacho para dedicarme a cuidarlo, así, hasta que cumplió cinco años cuando un ex compañero de generación quien impartía clases en un colegio particular, de improviso llegó un día diciéndome que fuera al colegio, pues me había recomendado para dar clases en bachillerato, me sorprendí pues nunca había pensado en ser maestra (ni sabía como serlo), sin embargo, me presenté y fui aceptada.
No tenía ninguna preparación por lo que opté por tomar el ejemplo de mis maestros. Investigaba lo correspondiente, llegaba lo exponía, preguntaba si alguien tenía dudas y al no haber objeción dejaba tarea y seguía adelante, así, hasta el día del examen (mensual o semestral), cuando los alumnos debían memorizar toda la información para resultar aprobados en la materia.
No lo esperaba pero me gustó estar con mis jóvenes alumnos, pese a que no tenía un trato muy cercano con ellos, pues procuraba mantener la distancia entre ellos y yo.
A 23 años de iniciar mi labor docente no me siento capaz de expresar todo lo que encierra esta profesión, la responsabilidad que implica pretender ser formador de personas, sobre todo en esta etapa tan delicada, definitoria de la personalidad.
Como maestra, quisiera verdaderamente enseñar a mis alumnos como ser felices, como experimentar valía y dignidad personal, facilitándoles la adquisición de los conocimientos necesarios, los valores y las competencias que necesitan, para su desempeño tanto académico, así como profesional o laboral y en el ámbito de su vida personal. Que cada actividad que realizamos, sea una herramienta más para lograr todo lo anterior.
Intento ver en ellos más allá de lo que mis ojos ven, que al salir del aula se lleven algo que no tenían consigo cuando entraron en ella.
Creo como lo expresa John Dewey que: “La educación no es preparación para la vida sino la vida misma”.
Como maestra de EMS, me complace que nuestros egresados tengan la opción de continuar su preparación profesional, como muchos de ellos lo hacen o bien integrarse al campo laboral si no tienen la oportunidad de seguir estudiando.
domingo, 27 de diciembre de 2009
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Estimada Profa, Evangelina
ResponderEliminarMe da gusto leer su blog, creo que bien vale la pena el esfuerzo.
Respecto a la confrotnación con la docencia, es muy itneresante. cuando uno mir ahacia atrás observa cómo hemos construído nuestros proyectos. Ya con cierta distancia podemos ver cómos e ha trazado nuestro destino. Sin embargo, cuando vivimos el momento nos cuesta mucho trabajo entender el por qué de las cosas y también nos cuesta trabajo identificar con qué herramientas haremos frente al presente.
Por este motivo, me parece muy atinado retoamr las ideas de Jhon Dewey de que educar no es para la vida sino la vida y en la vida.
ahora tenemos maestra un reto. Traducir en acciones esta bella indicación de vida.
Reciba usted un cordial saludo y reciba mi más sincero deseo de un feliz año nuevo
José De la luz Sánchez Tepatzi